Cómo convertir la ruina en potencia, en un unipersonal sobre la guerra

En el centro de la sala del Teatro Verdi, lo instalativo reemplaza a lo escenográfico para dar contexto a una obra sobre la guerra que se llama PAZ. Hay un cuadrilátero de piedras que habla por sí solo: emana el clima árido y baldío de lo bélico, y en él, una mujer está casi sepultada bajo ruinas, embarrada por su tierra junto a su linterna.

Interpretado por Laura Paredes, actríz y co-directora del grupo Piel de Lava, este unipersonal cuenta más de una historia al mismo tiempo: su paisaje es la guerra, pero a partir de las transformaciones metafísicas que propone el rito teatral, será también una casa, un convento, la Plaza de Mayo, el mar. La protagonista es una fotoperiodista cuya vida personal y preguntas, conviven no geográfica pero si temporalmente con el conflicto que fue a documentar.

Escrita por el artista visual y dramaturgo chubutense Antonio Villa, en el contexto social y psicológico específico que le impuso la pandemia, la obra se nutrió de ideas hasta su estreno a fines del año pasado en este histórico teatro de La Boca, donde permanecerá en cartel hasta mayo. “Me asustó mucho la comodidad que me generó el encierro. Me sentí protegido, leí eso como una forma de desafectación que es muy peligrosa y sintomática de esta época: lograr acostumbrarnos a todo. La paz es una idea absolutamente abstracta, inaprensible. ¿Se asocia a la comodidad en algo? desde una mirada burguesa sí: el confort propone un lugar peligroso que se puede volver muy estático e individualista”, describe el autor en entrevista con Ñ.

Una iluminación espesa, a cargo de Jésica Montes de Oca, dibuja en la oscuridad una neblina abismal y desconcertante que se intercala con el público acomodado alrededor del suceso. La historia cruza las crisis familiares de la cronista y su reciente separación, con una guerra que, al agravarse, la lleva a volver a casa a tratar de retomar su vida.

PAZ plantea preguntas acerca de todo eso: cómo se vuelve de una sensibilidad quebrada, de vivenciar la fractura de todo pacto social. Cómo esta época de marketing violento y permanente competencia por quién goza de mayor comodidad en las pantallas, se enfrenta al dolor y la necesidad ajena. Habla de las propias limitaciones, la frustración y las expectativas. De la alienación, pero también de reconocerse en el propio territorio. Deja lugar a la esperanza en la posibilidad de la contemplación activa.

La guerra del relato es ficticia: “Quise deslocalizar al personaje, generar un paisaje extraño que pudiera ampliar las capacidades de sentido del material, habilitar lo ambiguo dando más lugar a lo poético, a lecturas transversales a partir de las ideas políticas de quien mira y sus propias experiencias. Uno conecta con el espectador en esa dimensión de lo íntimo”, subraya Villa.

“Cuando fue la guerra de Irak yo tenía 13 años, fue el primer bombardeo televisado en vivo, me dejó muy impactado. Ver el mundo quebrarse y la espectacularización de la violencia, ver cómo se destruía una ciudad desde la tele. Con la obra quise volver a eso: creo que es muy llamativo y alarmante el vínculo que está habiendo entre las imágenes y la violencia, el nivel de desafectación que se genera. Al volver, a la reportera de esta historia la perturba que la verdura esté ordenada y el supermercado lleno. La obra es un comentario sobre ese rebote”.

“Sobre las condiciones de producción en las que se trabaja me interesa hacer discurso. Cuando ganó Milei, lo primero que dije fue: vuelve el under. No me interesa romantizar la precariedad, pero tampoco quiero quedarme quieto”, asienta el dramaturgo y cofundador de la galería de arte Constitución. “Ante el desfinanciamiento de los espacios públicos, la falta de apoyo a la cultura, el desprecio, la violencia que circula sobre lo que hacemos, lo que somos, y nuestro lugar en la sociedad –todas esas cosas que muy vulgarmente este gobierno ha puesto en cuestión–, la respuesta tiene que ser categórica, tenemos que salir trabajar como sea y donde sea, convertir la ruina en potencia”, apunta.

Parte de eso se refleja en el estreno de PAZ en este teatro de barrio que se sostiene como puede y en términos de programación, está casi desactivado. “Este lugar en estado de abandono, deterioro y problemas técnicos, me permitía hablar de un problema nacional, ese gran equívoco de lo que el país proyectó para sí mismo”.

“Eso es lo underground, la irreverencia del hacer porque sí, de resistir a los discursos dominantes y de odio, a ‘las posibilidades que tenes de’. Es la lucha de mi vida: vengo de un pueblo donde se estrenaban muy pocas obras por año, mi vieja es maestra soltera, nada estaba destinado a que yo pudiera ser un artista en una ciudad como esta. Es una lucha personal, pero también es la del arte. Creo en la construcción de una fe muy específica que es la que propone el arte”, cierra.

PAZ Cuenta con el apoyo de PROTEATRO, Constitución Galería, Colección DM, Esteban Tedesco y Proa 21.

Funciones: 10, 17 y 24 de abril a las 20:30 en el Teatro Verdi (Av. Almirante Brown 734, La Boca, CABA). Las fechas posteriores se comunicarán por Alternativa Teatral, donde se consiguen las entradas, a $20.000.

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