En las distintas relaciones que establecen las personas hay tantas variantes como individuos. En un consenso general, todos tenemos algo único y valioso para ofrecer y, a su vez, algo por recibir de los demás.
Sin embargo, fuera de la teoría, en ocasiones la práctica desafía esta idea de reciprocidad. ¿Qué pasa si —contrario a lo que reza el dicho— uno no recibe lo que da? En cualquier ámbito personal, sentimental, laboral o social, no es extraño que una persona sienta que da más de lo que recibe. Dicho de otro modo, que son más las cosas positivas que otorga a una o varias personas y pocos los gestos o acciones beneficiosas que recibe como respuesta.
En ese sentido, el especialista en desarrollo personal Jordi Segués (@thejordisegues), ofrece una explicación sencilla para hacer un autodiagnóstico. Aunque Segués enfoca la mayor parte de su contenido hacia el marketing y los negocios, en varios videos ofrece reflexiones de autoayuda y propone debates y análisis en su comunidad digital.
En una frase que resonó con buena parte de sus seguidores, Segués precisó: “Las personas te dan lo que son, no lo que te mereces. Va de ellas, no va de ti’.
El experto continuó y explicó: «No pueden darte lo que no pueden darte. Lo que te mereces te lo das tú cuando decides aceptar o no lo que las otras personas tienen para darte”.
A partir de esta idea, el planteamiento gira hacia una forma distinta de interpretar las relaciones: no desde la expectativa de recibir lo que uno cree merecer, sino desde la comprensión de que cada persona actúa según sus propias capacidades emocionales. Y, a partir de esta conclusión, tomar decisiones que orienten si cultivamos o no relaciones en las que sintamos que no hay reciprocidad.
En ese sentido, la clave no estaría en intentar cambiar a los demás, sino en decidir qué lugar ocupa cada vínculo en la propia vida. Aceptar lo que alguien puede ofrecer —sin idealizarlo— permite tomar decisiones más conscientes, ya sea continuar, ajustar expectativas o alejarse de una persona.
Finalmente, la reflexión apunta a un cambio de foco: el merecimiento no depende de lo que otros dan, sino de lo que uno está dispuesto a aceptar. Desde ahí, el autocuidado se convierte en una elección activa que define la calidad de las relaciones y el bienestar personal.










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